Capítulo
III
El hijo de la loba
LA loba se llevó al único cachorro superviviente del ataque de los hombres al lugar de su territorio más alejado de la Roca de Tari. Habían roto lo que era el círculo esencial de su espacio más privado, de su relindo más protegido y marcado, y ahora, violados estos límites, la vieja hembra buscó un viejo cubil en una aún más antigua tejonera, en la solana del pronunciado barranco que hacia el sur marcaba el límite del cazadero de la manada del Tallar, más allá del cual muy pocas veces se arriesgaban en sus campeos, pues al otro lado del minúsculo valle las señales olfativas de otra manada lupina anunciaban que podían ser mal recibidos.
Era un extremo de toda su área de caza y desquiciaba las habituales rutas de campeo, pero ahora prevalecía por encima de cualquier otra cuestión la seguridad del pequeño lobezno. Había echado ya casi todos sus dientes de leche pero todavía le faltaban dos lunas para poder seguir en las expediciones de caza a los adultos y a varios subadultos que permanecían subordinados a los dos líderes y a los lobatos de la anterior camada. El macho y la hembra dominantes eran los únicos que se reproducían y el lobezno era la única esperanza de aumentar fuerzas de aquel año para todo el clan en vez de los cuatro o seis que solían engrosar la manada. El gran macho con dedicación preferente, pero en conjunto todos los miembros habían ayudado —aunque en esta época no era raro que cada uno cazara por su cuenta— a la manutención de la loba durante el periodo de lactancia de los cachorros en que no se había movido del cubil entre las peñas de la fuente del Jabalí. Ahora seguían haciéndolo para alimentar tanto a la hembra, tras lo sucedido muy reacia a abandonar las cercanías de su nueva guarida, como al cachorro. El líder y los demás de la familia casi competían en acercarse hasta la vieja tejonera de la gran cárcava con los estómagos cargados de carne de la presa más reciente para regurgitarla ante la matriarca y su cachorro, que nada más ver aparecer a un adulto empezaba su despliegue de gañidos y lametones en sus fauces para que devolviera la comida apresuradamente tragada. En realidad, no le hacía falta pedirlo, pues tanto su padre como los demás parecían entrar en un éxtasis de felicidad cuando alimentaban al lobezno. Alrededor de la lobera todo eran cabriolas y retozos y algunos lobos ya casi adultos parecían retornar a comportamientos infantiles y juguetones.
Era también objeto de todas las atenciones de su preocupada madre, pues cada vez más seguro sobre sus patas y más osado en sus intenciones, el tiempo en que no dormía en la madriguera lo empleaba en prospectar todo lugar al que pudiera llegar, cada vez más lejano, y en meterse en los más variados problemas y peligros. Empezó por perseguir mariposas y acabó en un arroyo de donde hubo de rescatarlo la madre. Prosiguió con un encuentro con un erizo que no le costó caro porque el animalito al hacerse una pelota se fue rodando ladera abajo con todas sus púas. Y un atardecer —eso lo hizo bien—, al observar una sombra veloz en el suelo, se metió más que aprisa en la lobera. El águila real, siempre al acecho en lo alto, dio una pasada, pero sin demasiada convicción, porque había descubierto desde la altura que muy cercana al cachorro permanecía la hembra vigilante.
El lobezno, con todos los cuidados, abundante comida y sin competencia alguna de sus hermanos, se desarrolló con rapidez y vigor. El guarín de la camada, que de haber salido toda ella adelante hubiera sido un lobete subordinado al mayor empuje de sus hermanos —y ello, con mucha probabilidad, le hubiera supuesto un puesto relegado y oscuro en su vida adulta en la manada—, merced a aquella jugada del destino, iba camino de ser un poderoso macho que tal vez un día pudiera reproducir los genes de la manada del Tallar. Iba adquiriendo cada vez mayor envergadura y trotando tras su madre no tardó en dar pequeños campeos cerca de la vieja tejonera. Más que cazar, la hembra buscaba el adiestramiento del cachorro, que la imitaba en sus aproximaciones, agachándose, emboscándose detrás de una mata, camuflándose entre unos lentiscos o intentando aproximarse sigilosamente por la espalda para sorprender a su madre. Los juegos de esta edad, que debía haber compartido con sus hermanos de camada y que le hubieran dado su puesto en el grupo, había de sustituirlos por escarceos con sus hermanos mayores o con sus parientes adultos o con sus progenitores. Éstos aguantaban lo indecible al pequeño lobezno y ni un gruñido de amenaza se escapaba de sus gargantas a pesar de que los dientecillos de leche más de una vez llegaron a la carne de alguno.
Los campeos se hicieron cada vez más largos y a poco la hembra comenzó a acompañar al macho en sus recechos con el cachorro siguiéndola. Fue el inicio de su verdadero adiestramiento. El lobato, que a punto de completar las tres lunas de su nacimiento se movía ya con soltura, había empezado además a mostrar la verdadera coloración de su pelaje, que en él tenía un inusual tinte blanquecino, mucho más que el resto de la camada, como si se hubiera impregnado de la ceniza que quedaba en el fuego de los hombres y con el que habían socarrado a sus hermanos.
Fue en uno de aquellos campeos cuando la manada emboscó, en un navazo en medio de un monte de chaparros, a una corza con su recental. Una parte de la lobada ojeó a la presa hacia aquel claro que solían tomar las aguas en invierno y que ahora, ya cercano el verano, mantenía el más jugoso pasto. En el centro, en unos montículos que permanecían siempre por encima de las someras aguas, crecían unos saúcos y varios espinos albares. Aprovechando el montículo y aquella vegetación, el lobo macho se agazapó esperando el paso de su presa. Los jóvenes corrieron al animal hacia el terreno despejado, y aunque la corza intentó salvar el cerco un par de veces, al final se vio empujada a atravesar aquel terreno limpio. El gran lobo la vio salir y, midiendo justo el momento de su arrancada cuando estuviera más cercana a su posición, consiguió atraparla. El ataque fue al cuello y el animal cayó pataleando. El macho zamarreó con violencia a su presa hasta destrozarle la tráquea. Cuando los jóvenes y la loba, seguida del cachorro, llegaron al claro, la presa agonizaba entre estertores y lastimeros balidos de queja y muerte. Fue entonces cuando la vieja loba se percató de la presencia del corcino, que había cruzado el navazo pero que se había quedado esperando a su madre, temblando de miedo al oír sus gritos de dolor y angustia, paralizado en su huida. El recental era muy pequeño para la época del año, producto de un parto tardío, y la loba no tuvo mayor dificultad en clavar su mordisco carnicero en él tras una persecución casi juguetona acompañada del resto de la manada.
Pero la loba no degolló al corcino ni lo descoyuntó con uno de esos brutales zamarreos con los que los lobos acaban con la resistencia de sus presas. Le infligió una herida en el cuello por la que manó la sangre, pero sin causarle la muerte, y cogiéndole en sus fauces, donde se debatía débilmente, lo llevó hasta su cachorro y lo soltó.
El corcino cayó al suelo y allí quedó inmóvil. El lobezno Blanquino se aproximó inquisitivo hacia él. Lo olfateó, lo olisqueó sobre todo por donde salía la sangre de la herida y hasta le dio con la pata, pero su inmovilidad hizo que pareciera perder el interés por él. Casi se alejaba cuando el recental se levantó tembloroso sobre sus patas e inició una tambaleante huida. Entonces el lobete se lanzó a la caza. Se abalanzó sobre la cría y la derribó. Pero una vez en el suelo y aunque le clavó un par de veces los dientes, no supo cómo proseguir la matanza. El corcino volvió a quedarse inmóvil y el lobillo se agazapó en esta ocasión esperando a que se levantara otra vez. Aguardo hasta que su indefensa presa lo hizo de nuevo, y repitió el ritual de captura y mordiscos superficiales que no remataban al animalillo.
El juego siguió un tiempo. Tanto que la manada ya había devorado buena parte de la corza cuando la loba se decidió a intervenir y dar una primera lección de matar a su hijo. En un salto se apoderó del corcino y de una feroz dentellada le partió el cuello. El lobezno lo observó todo con intensa atención mientras el recental agitaba convulsamente sus finas patas hasta dejarlas estiradas y rígidas, en un último estertor. La loba empezó a despedazarlo y el lobete se unió al festín.
El tiempo de la hierba verde y de las crías indefensas llegaba a su fin. Era una época de abundancia y la manada del Tallar ni siquiera se congregaba al completo para la caza. Andaba desperdigada por el territorio, algunos jóvenes incluso traspasaban las fronteras y seguramente cuando llegara el invierno habría quien no acudiría a la llamada. Tal vez porque hubiera perecido o quizás hubiera decidido buscar nuevo territorio y compañera para liderar un nuevo grupo. Con todo, el macho dominante, los subalternos y los cinco hijos de la anterior camada no se alejaban demasiado del cubil de la tejonera convertido en punto de referencia. Al quedar situado en el extremo más alejado de Tari, los hombres, durante aquel tiempo, apenas se toparon con los lobos en sus zonas de cacería, que ellos orientaban más hacia las márgenes del río. Para los hombres también era tiempo de abundancia y se felicitaban de haber desplazado a sus rivales. Se encontraban de vez en cuando con alguno solitario o algún grupete que vagaba al albur y que rápidamente se ponía a cubierto ante la aparición de la línea de hombres de Tari.
—La manada del Tallar está rota. Se ha ido.
—Volverá con la nieve. Éstos son lobos jóvenes. El gran lobo y su hembra no están muertos. Los volveremos a ver con el hielo —aseguró un cazador veterano.
El lobo Blanquino, cuando llegó el calor, ya era un espigado mozalbete que, avisado y atento, participaba cada vez con más éxito en las cacerías, siempre al lado de la madre. Aquerenciado a su compañía se había convertido en su sombra y fue ella y no los machos quien le enseñó todas las artes de la cacería. Había que errar muchas veces antes de conseguir una presa. Al campear solos o todo lo más con un par de compañeros, las presas a que podían aspirar eran de tamaño medio. El corzo era la más frecuente, pero también la más esquiva. Los ataques fallaban uno tras otro. Tampoco tenían mucho mayor éxito con los ciervos. Los grandes machos quedaban ahora fuera de su alcance, habría que esperar a la nieve, y los objetivos eran las hembras y las crías. Una gabata fue precisamente la primera presa que el joven lobo blanquino pudo apuntarse como suya. La cierva había parido dos crías ese año y a las dos atendía. Los lobos las emboscaron en las cercanías de la fuente Grande. Apostados en la costera las vieron acercarse y se lanzaron sobre ellas. La hembra corrió con las gabatas tras ella. Una se desvió un instante de la línea de huida que la madre había elegido hacia el pico de las Casqueras para desorientar a sus perseguidores entre los espesos matorrales donde la perdían de vista y no podían correr con la rapidez deseada. La cervatilla flaqueó un instante al coger el cipotero de subida, se descolgó un poquito en la falda y los lobos le ganaron la altura. Desde ese momento el animal no tuvo salvación. La cierva y la otra cría se perdieron en el monte. Ella fue a sucumbir en el sopié. La loba le saltó a los bajos y le abrió el vientre de una dura dentellada. Los lobos del año anterior buscaron los jarretes y no tardaron en derribarla. El Blanquino fue quien atacó el cuello y con un profundo mordisco en la tráquea dio fin a su vida. El Blanquino había perdido sus dientes de leche y lucía relucientes sus caninos.
El tiempo más seco trajo mayor escasez de presas. Éstas se refugiaban en los sotos del río y en la espesura del monte. Buscaban la vegetación más tupida y allí permanecían ocultas. Los lobos también sesteaban todo el día y sólo cuando el sol trasponía por detrás de los picachos donde hacía tiempo que no quedaba resto alguno de nieve salían a sus campeos hasta poco después del amanecer, cuando de nuevo el sol comenzaba a picar. Y con él llegaban las moscas, tan desesperantes como el propio calor.
El Blanquino, cada vez más espigado y alto, parecía incluso un animal escuálido, aunque en absoluto lo estaba. La falta de borra en su pelaje y las largas patas en un cuerpo no del todo cuajado le daban un aspecto endeble y destartalado. Pero en realidad y para su edad era un animal muy desarrollado. Iba a ser un gran lobo.
La loba vieja empezó a dejar de visitar las cercanías del cubil de la tejonera y paulatinamente derivó en sus campeos hacia sus antiguos territorios. No se asomaban al viso del llano en alto sobre la fuente del Jabalí, pero sí frecuentaban el extremo poniente de la costera del Tallar y sobre todo las fuentes que allí manaban. Se encamaban en cualquier lugar apropiado del bosque o en ocasiones buscaban el frescor de un gran juncal o de los carrizos de alguna ribera. Pasaban la mayor parte del tiempo los dos solos y tanto en los llanos en alto como en los ribazos y oteros de la parte baja del cazadero habían encontrado una pieza que cubría sus necesidades: los conejos.
También cazaban alguna liebre, pero éstas les resultaban más difíciles y eran mucho más escasas. Sin embargo, los conejos abundaban por doquier. Estaban por todos lados y no había lugar en el cual no apareciera el rastro de su visita nocturna, bien en los montículos que utilizaban como caga fruteras o en las múltiples escarbaduras con las que delataban su masiva presencia. Tampoco es que fueran a abrir la boca y cogerlos, pero había tantos que siempre se acababa por hincarle el diente a alguno.
La madre y el hijo depuraron una técnica infalible. El joven se dedicaba a ojear entre aliagas, retamas, escobas, romeros, tomillares y montones de carrasca a todos cuantos pudiera haber allí agazapados. Casi nunca conseguía atrapar ninguno. Pero cuando salían a escape hacia las madrigueras, allí es donde los aguardaba la loba, que, aplastada y oculta tras algún matorral, una mínima elevación del terreno o una simple roca, saltaba sobre ellos en la boca misma de las conejeras.
En alguna ocasión coincidieron en sus quehaceres con algún zorro, que salió huyendo ante la presencia de los lobos. Y también con un lince. Se lo topó el Blanquino, y el gran gato, agazapado, bufó hasta asustarlo. Luego se retiró sigiloso. De haber sido un cachorro en el cubil, el lobo hubiera tenido razones para tener miedo. Los linces pueden aprovechar la ausencia de la loba y dar muerte a toda una cunada. Pero ahora el Blanquino lo superaba en peso y no suponía peligro alguno. El lince macho al que había estropeado la caza se retiró, enfadado y sigiloso, y el lobo comprendió igualmente que con el enfrentamiento no ganaba nada. Las zarpas del lince lo podían dejar ciego. Con los gatos, incluso con un montes, había que tener cuidado.
Las cacerías de conejos tenían lugar frecuentemente en el crepúsculo y a primeras horas del día. Fue entonces cuando los hombres de Tari vieron de nuevo a la vieja loba y lo comentaron. Y fue la primera vez que señalaron al lobo Blanquino.
—La loba vieja ha vuelto. Estaba cazando conejos en la barranca de Naguafría. Iba con un lobato del año, uno blanquino.
—Os dije que la manada del Tallar volvería.
Los olores del lobo
El lobo no sigue la pista por la huella. Sigue el rastro que olfatea. La huella no es la pisada que se ve, sino el paso que huele. El lobo no es de huellas, sino de olores. Las presas son olores, los enemigos son olores, la manada son olores, el rival es olor y el mismo lobo es su propio olor.
Es un mundo de olores vegetales donde vive el lobo, y mi mundo de olores animales de los que vive el lobo. Los olores vegetales son olores estables, enraizados en el suelo, aunque trepen a las ramas de los árboles y los disperse el viento. Son olores quietos, aunque cambien con las estaciones, con las lluvias, las nieves o los soles, con el calor o con el frío o con la humedad que harán que el bosque los desinfle o los oculte, se esparzan o se achiquen. Son olores que perduran aunque muden.
Son los otros olores, los que se mueven, los que ponen en marcha al lobo. Es ese olor que pasa, que discurre, que se recorre y se para, el olor animal que camina entre los olores inmóviles del vegetal, ése es el olor que penetra el cerebro del lobo y le despierta las imágenes, erizándole el pelo, descubriéndole el colmillo o provocándole el aullido hacia la luna.
Los olores de las presas siempre huyen, salvo cuando quieren ocultarse como olores, se agazapan e inmovilizan y los de las crías apenas si se desprenden de sus pieles. Pero los otros casi no permanecen en la trocha y hay que perseguirlos rápido hasta darles vista o detectarlos emboscados, porque si no, velozmente, desaparecen y no parece que hayan estado nunca.
Pero otros olores intentan pervivir. Son los olores que marcan, pegajosos, presencias y territorios. Son olores de dientes más afilados, hasta de los más pequeños, el turón o la garduña, pero todos, el zorro, el lince, el glotón o el leopardo, se señalan.
Y se señala a sí mismo el lobo con el olor de la manada, el olor del celo, el del rival, el del territorio ajeno y el del propio lobo que acota su cazadero, su hembra y su dominio.
Es entre olores donde vive el lobo, que le traen víctimas, le barruntan heridas o le hacen buscar ansiosos encuentros.
Pero hay un olor que no camina solo. El olor de la bestia erguida que huele a hombre y huele a fuego. El que lleva el humo pegado a la piel de otros animales en los que resguarda la suya, tan débil. Ese es el olor que el lobo no quiere cortar en el bosque ni en la estepa, ni desea topárselo en la nieve. Es el olor que hace girar el rumbo de la manada.
Si es que no deja sangre desprendida. Porque hay un olor que siempre es llamada para el lobo. Entre todos los olores es el de la sangre el que le llama y al que siempre persigue.